miércoles, 30 de septiembre de 2009

Historia de dos enamorados

Te conocí hace ya más de un año y aún recuerdo aquella obscura noche de nuestro primer encuentro. Yo estaba harta de todo y decidí sentarme en el tercer escalón del segundo piso. Allí, recargada sobre la pared, sollozaba mi desilusión cuando a lo lejos oía que alguien subía las escaleras. Yo no puse atención ya que me encontraba más sumergida en mí que en lo que pasaba a mi alrededor.


No supe cuando se dejaron de oír los pasos, pero sí cuando una voz desconocida me preguntó: “¿quién eres y qué haces aquí llorando? ¿Puedo ayudarte en algo?” Yo no respondí, pero mis ojos voltearon para conocer quién me hablaba y esa fue la primera vez que te vi. La primera ocasión en que nuestras miradas se encontraron. En ese instante, observé tus ojos sinceros y tu tierna sonrisa y con trabajo pude articular: “No te interesa quien soy ni que hago aquí.” Lo pronuncié intentando sonar sincera y segura, para que me dejaras sola, pero no lo logré. Te sentaste a mi lado y me insististe que te permitiera ayudarme. A partir de ese momento no supe a bien como pasaron las cosas, mas sé que lograste que mi llanto cesara y una ligera sonrisa en mis labios se esbozara.


De ese día en adelante, comenzó la historia más hermosa y tierna de mi vida. Durante la semana siguiente, me llamaste casi a diario y yo, lastimada aún, era un poco evasiva y me negaba a verte. Mas, otra vez, lograste un cambio en mí y al quinto día acepté salir contigo a tomar un café. Esa ocasión fue mágica y provocó que durante varios meses, cada martes y jueves, te viera en aquella cafetería del Centro que tanto te gustaba. En el café, cada plática llevaba a otra y esa a otra y así se iban las eternas horas en que lentamente te conocí.


Desconozco el momento preciso en que mi ser dejó de ser totalmente mío y se enamoró de ti; pero no puedo olvidar aquel tres de noviembre. ¿A caso alguien podría? Fuimos al Parque México a poder respirar “el aire puro” de la ciudad. Estábamos sentados en una banca, teniendo una de nuestras ya usuales pláticas. De momento, dejaste de hablar y te pusiste nervioso. Volteé a todos lados para ver si había alguien o algo que ocasionase eso en ti... Nada; no había nada que te pudiera ponerte nervioso. Con esa misma emoción me preguntaste: “¿Me quieres?” Debiste haber notado mi cara de desconcierto ya que comentaste: “No esperabas esa pregunta, ¿verdad?” “Para serte honesta, no; no me la esperaba” – te dije tiernamente – “pero sí te quiero. No sé como, no sé cuándo pasó, mucho penos por qué, pero sí. Te quiero y demasiado.” Volví a ver aquella sonrisa mágica que me hacía perderme en tu rostro y ya no pude articular la pregunta que deseaba hacerte. Es ese instante tomaste mis manos, nuestros ojos se miraban directamente, como aquella vez en las escaleras, y me dijiste: “¿Quieres saber si yo te quiero?” Ahora fue tu aliento quien me impidió hablar y únicamente moví la cabeza asintiendo. “No puedo creer que aún lo dudes. Te quiero desde que me permitiste conocerte. Haz creado días muy felices en mí.”


Después, te levantaste de esa banca sin soltar mis manos, lo que me obligó a levantarme a mí también. Te acercaste más a mí y en mi oído susurraste: “Quiero ser quien borre las huellas de tus heridas. Permíteme demostrarte que la vida no siempre es igual y mucho menos es un ciclo sin fin. Déjame poder escribir una nueva historia contigo.” Mi respuesta fue rozar tu cara con mis manos y recargarme en tu hombro. Interpretaste eso como un sí y me sujetaste de la cadera. Nuestros labios se juntaros y me alzaste de manera que el frío aire de la tarde de otoño rozó mi cuerpo.


Ese día aprendí que el amor sí existía. No importa cuantas veces nos han lastimado, en el momento correcto siempre llega la persona adecuada que nos restaura toda fe y borra las heridas


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Espero les guste y quiero aclarar que esta historia realmente nunca pasó. Que simplemente fue dejar que el corazón se adueñara de la pluma y escribiera la historia de amor que quizá desearía que fuera la mia…